Hubo una vez un hombre sabio que buscaba la respuesta al sentido de la vida. Este hombre sabio buscó por todos los métodos posibles. Buscó en lsa bibliotecas más grandes del mundo, en todas las filosofías. Habló con hombres y mujeres de todas los credos y religiones del mundo, lo buscó en las barajas del tarot, en las monedas del i-ching, en las runas nórdicas, en los textos ocultistas, en un laboratorio de alquimia, lo buscó en los ojos de los pobres, de los ricos, de los que amaban, de los que nunca habían conocido en el amor. Lo buscó en los ojos de personas vírgenes, de prostitutas, de transexuales, de viudos y viudas, de recién casados. La buscó en el desierto, en las montañas, en el océano, en todos los lagos y ríos del mundo. Ya no le quedaba por donde, hasta que un día, después de muchos años volvió a su casa. Cuando entró se encontró con un ser que nunca había visto antes, pues se parecía a todos los seres humanos del mundo y a la vez a ninguno. Por unos instantes se preguntó si era Dios, o un ángel.
Pero quién era ese ser o qué era, era irrelevante, lo importante era qué podría decirle.
“Tienes dos posibilidades” le dijo al sabio. “te doy la respuesta que estás buscando, pero existe el riesgo de que tú vida pierda sentido porque ya sabrás lo que tanto has buscado o decides ignorarme y seguir con tu propia búsqueda… y tal vez nunca lo descubras hasta el día de tu muerte”
“Existe una tercera posibilidad” habló el sabio “enséñame. No me des la respuesta de todo, pero hazme tu discípulo para que yo mismo pueda llegar a la meta, pero llegar antes de morirme”
“Te puedo dar una o más pistas. ¿Pero cómo puedes saber que llegarás a descubrir el sentido de la vida antes de que la muerte venga a buscarte?” preguntó el ser.
“No lo sé. Pero ese sí es un riesgo que estoy dispuesto a tomar”
El ser lo pensó un poco, pues ante esa situación las personas solían escoger una de las dos opciones y no presentar una tercera. Pensó, sin decirlo, en que ese era el primer hombre sabio con el que se había encontrado en la historia de la humanidad, pues desde que el hombre dejó de ser un mono comenzó a hacerse preguntas. Había hablado con gente de Israel, de Mesopotamia, de Egipto, te Grecia, incluso de tierras desaparecidas como Atlántida y Sodoma. Había dialogado con hombres y mujeres, santos y pecadores por igual, con niños y viejos, con pobres y ricos, con necios y con hombres inteligentes, con hombres inteligentes sin educación y con hombres ridículos pero con mucha cultura, con escritores, con matemáticos, con astrónomos y sacerdotes, con hombres de ciencia y mujeres de fe. Pero en miles de años, primera vez que alguien intentaba hacerle una trampa. Lo siguió pensando, mientras el sabio calentaba agua para servir un te. Lo siguió pensando mientras el hombre fue a buscar una libreta y un lápiz. El sabio esperó pacientemente por horas a que este ser se decidiera. Se preguntaba si tal vez había sido demasiado osado, si quizás había perdido la única oportunidad de llegar a la verdad, porque el ser se mantenía estático en la misma posición hasta que pareció una estatua inerte. Oscureció, salió la luna y las estrellas y cuando estaba por comenzar el alba finalmente el ser salió de su estupor.
“Dame esa libreta”
El sabio, que estaba un poco modorriento por el sueño tardó un poco en obedecer, pero finalmente le tendió los objetos. El ser cogió el lápiz y comenzó a escribir furiosamente, o a dibujar… pues el sabio no se asomó para ver lo que estaba haciendo. Las páginas se fueron llenando una tras otra, hasta que con el primer rayo de sol el ser cerró la libreta y se la entregó en la mano al sabio.
“Ahora me voy. Cuando haya desaparecido puedes comenzar a mirarlo” dijo. Acto seguido hubo una fulgurante luz que cegó al hombre durante unos instantes. Cuando recuperó la visión estaba solo. Pasó un rato antes de tomar la libreta y abrirla, y cuando miró la primera hoja se quedó absolutamente sorprendido, pues la escritura era una mezcla de números y símbolos extraños que jamás había visto en su vida. Sonrió contento, pues sabía que si descifraba esa libreta llena de textos llegaría a encontrar el sentido de la vida, pero lo descubriría por sí mismo.
Ahora solo quedaba la duda si acaso lograría traducir el texto antes de morirse, pero eso daba igual, lo importante era hacerlo, porque el sentido de su vida era buscar la verdad.